el fin de los hombres de sal.-

⊆ martes, diciembre 23, 2008 by el que escribe, | ˜ 0 respuestas »

Son las veintitrés y cinco en este antro de mala muerte. Y digo este porque pareciera ser un submundo, una subcultura decadente alejada de las leyes de la sociedad civil y llena de vicios. Hace cinco minutos un tipo que no superaba los veinte años fue llevado al hospital por lo que parecía ser un caso patético de síntomas de abstinencia. Los fluidos que emanaban de su boca no serían aprobados por comisión de sanidad alguna, y sus ojos -si los hubiera visto su madre- habían adquirido un color amarillento no muy grato de presenciar.



Entran y salen mujeres, hombres, y hombres y mujeres tomadas de la mano en una actitud desafiante y hasta un poco arrogante. Se vanaglorian de su situación, la que en realidad no merece tanto espectáculo. Me gustaría poder acercarme a ellos y tratarlos cariñosamente de víctimas de sus circunstancias. Pero en lugar de ello, me quedo en la barra bebiendo mi cerveza de luca quinientos, y aspirando una bocanada del último cigarrillo que saqué de la cajetilla con diseño de edición limitada.



Aquél que parece ser el dueño del local discute con un carabinero de contextura delgada. Ambos parecen un poco exhaustos, el día no amerita tanto ajetreo, pero ambos están ahí, espantados de aquella juventud a la que, por suerte o desgracia, pertenezco. Sólo que yo me mantengo en un molesto estado de sobriedad. El uniformado sostiene en sus manos una libreta -cual periodista- en la que parece estar anotando el rol del local cual pdi- o quizás el nombre de aquél caballero menudo y bigotón. De repente, y como si siempre hubieran estado a mi lado, llegan mis contertulios, envueltos en un desagradable estado de estupefaciencia. Me hablan de cosas que no alcanzo a comprender y por alguna extraña razón me siento alejado de aquellas personas a las que llamo amigos. La música del ambiente se apaga, las luces se encienden más de lo necesario y la voz del bigotón anuncia: debemos irnos porque le ha dado la huevada y le sacaron un parte quién-sabe-por-qué.


El asunto se pone denso cuando salimos del local rancio y vemos al otro lado de la calle un grupo de personas non gratas vestidas con chaquetas de cuero negras y jeans ajustados que apretarían las zonas íntimas de cualquiera. Uno de ellos, particularmente alto y corpulento, sostiene un bate completamente escrito y rayado con plumón y lápiz pasta, se alcanza a apreciar. Alza la voz y su brazo en reverencia a algo que en nuestra querida cultura latinoaméricana no tiene sentido alguno, pero que para él parece una verborrea similar o peor a un Padrenuestro. Cruzan la estrecha calle húmeda por la lluvia de invierno, y comienzan a golpear a uno de los chicos que ha salido junto a nosotros. El chico grita desesperado, y al mismo tiempo que la voz ahogada del joven es expulsada fuera de su boca, un líquido violáceo es derramado sobre el suelo. El grito de uno de los asistentes al local provoca una estampida de magnitudes catatróficas, y en menos de lo que tardo en pestañear ya todos han salido corriendo hacia todos lados. Antes de poder tomar represalias al respecto, un dolor en mi nuca me lanza al suelo y todo se nubla. Una voz ronca lanza improperios mientras un montón de botas militares me golpean las costillas, el abdomen y me pisan las extremidades. Cuando ya han terminado me doy cuenta que estoy entre la cuneta y el asfalto, sintiendo salir de mi boca un líquido amarillento. Los minutos se vuelven interminables y los autos que pasan a mi lado se detienen un par de metros más adelante, y los gritos histéricos del público van más allá de mi comprensión. En cualquier momento moriré o algo peor. Duermo.


Cuando despierto hay una voz suave hablando con una voz ronca. Ambos discuten acerca de términos científicos que no forman parte de mi conocimiento. Sólo sé que me he ido a la mierda. mis viejos deben estar afuera, llorando o preocupados, discutiendo con los carabineros o lo que sea. Me dan ganas de salir y abrazarlos, de decirles que por fuera puedo estar destrozado, pero que por dentro me siento bien. Ellos no lo entenderían, yo tampoco lo entiendo, de hecho. Pero algo en mi me dice que estaré bien, que mi integridad está intacta.


Los otros tampoco lo entenderían.-


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